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Simbolismo del gato a lo largo del tiempo

Si bien persisten dudas sobre la aparición del gato en Egipto, se piensa que este pueblo lo habría domesticado hacia el año 4.000 a. C. para convertirlo en cazador, pescador y en  

el más importante ratonero, dado que la rata se había vuelto una plaga nacional para las cosechas. Esta función permitió que el gato se ganase el respeto y la admiración de los egipcios, hasta llegar a convertirse en un dios tutelar que protegía a la familia.

El gato se elevó entonces hasta el rango de Totem (Myeo) y entró en el panteón de los dioses egipcios, primero bajo la apariencia del dios Ra (el Sol), que mataba cada mañana a Apopis la serpiente, dios de la Noche. El gato representa también a Nafdet, la diosa destructora de serpientes. Durante la XXII dinastía, en Bubastis, el gato reemplazó incluso a la leona en su cargo de guardiana del Templo sagrado, por intermedio de la diosa Bastet, también llamada Bast o Pacht, la diosa del amor con cabeza de gata y símbolo de la feminidad, la suavidad, la sensualidad y la maternidad. Los sacerdotes de esta diosa estaban constantemente al acecho de los más mínimos gestos –que percibían como augurios– de los gatos de la colonia sagrada, que eran embalsamados a su muerte. En el siglo XIX se descubrieron cientos de miles de momias de gatos, que lamentablemente suscitaron poco interés y fueron en gran parte vendidas como abono.

El hombre que mataba accidentalmente a un gato merecía la pena de muerte.

Contrariamente a lo que se suele pensar, matar a un gato era frecuente, pero se estaba reservado a los sacerdotes y al personal de los criaderos oficiales. Se trataba sin duda de una manera de seleccionar y controlar el desarrollo de la población felina y sobre todo de ofrecer un exvoto a la diosa.

También Osiris (dios de las cosechas que evoca al Sol) tenía como símbolo un gato. El gato era entonces símbolo lunar y símbolo solar a la vez. Herodoto y Plutarco postulan algunas explicaciones de esta dualidad: la asimilación de la variación de la pupila del gato en función de las proporciones de la altura del sol, el amor de la gata por la luna: su actividad nocturna, sus ojos fosforescentes en la noche y la variación del diámetro de las pupilas, que también recuerda las fases de la luna. A través del tiempo será sobre todo el símbolo lunar el que perdurará.

El gato llegó a ocupar una posición de tal importancia en la familia que, a su muerte, todos los miembros de ésta se rasuraban las cejas en señal de duelo. En los incendios era más importante tratar de salvar al gato que a los seres humanos, y si no se lograba salvarlo, los miembros de la familia se cubrían el cuerpo con cenizas de felinos para desfilar por las calles maltratándose  físicamente.

El rey persa Cambises II ganó la batalla de Pelusa porque al llevar sus soldados gatos fijados sobre sus escudos, los egipcios se rindieron para no herir a estos animales.

Las fiestas más importantes, las Bubástidas, se llevaban a cabo durante el segundo mes de las crecientes anuales del Nilo. Durante ellas, hombres y mujeres descendían el Nilo bailando, riendo, cantando y tocando música. El Templo se abría entonces a todos y se sacaba a la diosa en procesión. Se festejaba así a la diosa de la fecundidad, protectora de las cosechas.

El gato llegó a la China y a la India poco tiempo después de su propagación en Egipto, siendo acogido como un animal beneficioso gracias a su habilidad de cazador. Su belleza hizo que se lo respetase como animal de compañía, especialmente entre las mujeres. En la China, el dios agreste Li Shu tenía el aspecto de un gato y, en la India, Sasti, la diosa de la fecundidad, era el equivalente de Bastet.

Durante intercambios culturales y comerciales, los griegos robaron en Luxor y en Tebas los gatos celosamente protegidos por los egipcios y los introdujeron a continuación en Europa. Cuenta la leyenda que el desacuerdo entre Roma y Egipto tuvo origen en el gato. Cuando Cesar ocupó las orillas del Nilo, en el año 47 a. C., los habitantes de Alejandría, que se sublevaron contra el invasor, lapidaron a un romano que había matado a un gato. Las hostilidades prosiguieron hasta la muerte de Marco Antonio y de Cleopatra. A partir de ese momento el gato fue proscrito en el Egipto romano. Leyenda o realidad, esto demuestra el poder representado por el gato en aquel entonces. En Grecia, el equivalente de Bastet era la diosa Artemisa, que creó al gato.

Como atestigua Plinio el Viejo en sus Historias naturales, la civilización romana apreció al gato no sólo por sus cualidades de cazador sino también por su belleza (numerosos frescos y mosaicos dan testimonian de ello) y su espíritu de independencia. El gato encarnaba entonces la libertad.

Los colonos romanos propagaron entonces en Europa el culto de Bastet (incluso traspuesto al de Diana), lo que sin duda fue una de las bases de la superstición relacionada con este animal.

En Japón el gato fue introducido hacia el siglo VI, estableciéndose la costumbre de que cada templo poseyera dos animales de esta especie a fin de preservar los manuscritos de los ratones. Según la leyenda, el emperador Hidi.jo, amante de los gatos, ordenó cuidarlos hasta tal punto que, cuando fue necesario recurrir a estos animales para proteger el gusano de seda contra los ratones, para no molestarlos se utilizó un subterfugio que consistía en pintar gatos sobre las puertas o colocar estatuas felinas de bronce, de porcelana o madera. Evidentemente esto resultó poco eficaz y el gato se convirtió en la encarnación de un demonio impotente, malvado y egoísta. Los japoneses del medioevo distinguieron los gatos amuleto, por su pelaje “tortuga” (blanco, negro y leonado), de los gatos maléficos, por su cola hendida en la punta y su capacidad de transformarse en brujas. Pero el animal tuvo nuevas horas de gloria cuando se prohibió encerrar a los gatos adultos. Sin embargo, este amor japonés por el gato no revistió el sentido de un culto. Los adeptos al yoga apreciaban la posición adoptada por el gato para dormir (tumbado y hecho un ovillo), que consideraban ideal para la regulación del fluido vital. e la pureza, el pequeño felino será el intercesor entre Buda, perfecto y único, y su pueblo de fieles. No obstante, durante la ascensión de Buda al nirvana, el gato se habría dormido y por ello habría llegado con retraso a la ceremonia, lo cual fue considerado como una gran irreverencia.

Los árabes del siglo VII veían en el gato un alma pura, contrariamente al alma impura del perro. Antes del advenimiento del Islam, adoraban al Gato de oro. Mahoma tenía también gran consideración por el gato. En efecto, cuenta la leyenda que Muezza, la gata de Mahoma, se quedó dormida en los brazos del profeta, y este prefirió cortar la manga de su traje antes que molestar a su compañera. La gata se lo agradeció, entonces su amo pasó afectuosamente tres veces su mano por el lomo, confiriéndole así la facultad de caer siempre de pie y tener siete vidas.

Existen dos hipótesis con respecto a la introducción del gato en Europa. La primera la atribuye a los legionarios romanos de Julio Cesar, que lo habrían llevado a Gran Bretaña a través de una tribu romana llamada “Amigos de los gatos” y establecida en los Países Bajos. La segunda menciona la huida a Portugal del general egipcio Gosthelos, obviamente con sus gatos. Más tarde, sus descendientes llegaron a ser los soberanos de Escocia, desde donde los gatos se difundieron a través del Reino Unido. Entretanto los sacerdotes egipcios que desembarcaron con sus gatos los propagaron entre los francos y los celtas.

En la Galia, entre los siglos IV y V, el interés por el gato fue muy limitado. En Europa septentrional se lo consideró con más simpatía que en Europa meridional. En Germania se lo apreciaba por haber exterminado a las ratas y en Escandinavia acompañaba a la diosa de la belleza y del amor, Freja o Freija según el país nórdico.

Las hordas bárbaras llegadas de Asia con la peste y la rata marrón difundieron los gatos por toda Europa. Estos se vendían a precios exorbitantes y estaban protegidos por la ley, con el objetivo de combatir a los roedores. Por ejemplo, la persona que mataba al gato guardián de un granero debía pagar una multa en carne, lana, leche o trigo equivalente a la altura del cadáver de la víctima sostenida por la punta de la cola y con la cabeza tocando el suelo. Pero este período beneficioso para el gato terminó con la propagación del cristianismo, en los siglos XI, XII y XIII, salvo durante la época de las cruzadas, que hicieron llegar las ratas negras. A partir de ese momento, el gato, considerado como orgulloso, va a sumirse en las tinieblas. La Iglesia atribuía al gato poderes extraños y maléficos, con el fin de destruir el mito de este animal y sus diferentes cultos paganos. Resulta evidente que la Iglesia no podía sino oponerse a este felino, símbolo de la feminidad, la sensualidad y la sexualidad.

Es así como cientos de miles de gatos fueron hostigados, crucificados, desollados vivos y echados a las brasas, aduciendo que eran los compañeros de las brujas, las cuales asistían a los aquelarres disimuladas como gatos negros. Debido a ello, los gatos debían compartir el destino de las hechiceras. La justicia apoyó al clero en su lucha contra el vicio, en nombre de la elevación del espíritu, y no vaciló en implicar directamente a los gatos en los procesos contra la brujería. La Inquisición permitió excesos de violencia contra este animal, tales como la terrorífica costumbre de arrojar gatos vivos en las hogueras de la noche de San Juan o las ferias, verdaderas cazas de gatos en Flandes. En Bélgica, se arrojaba a los gatos desde la cima de las torres de las catedrales. En Alemania, se obligaba a los propietarios de estos felinos a cortar las orejas de su animal. Francia no se quedaba atrás, con la costumbre de emparedar a un gato vivo en los cimientos de una casa para protegerla de la mala suerte. En la Europa medieval los gatos fueron exterminados hasta tal punto que comenzaron a figurar como un real valor en el detalle de los inventarios, testamentos y sucesiones.

De esta manera, durante la Edad Media el gato fue considerado como el  símbolo del mal y de Satán.

Fue una vez más una invasión de ratas, en este caso de ratas grises (o ratas de alcantarilla), en 1799, la que marcó el inicio de la rehabilitación del gato. En Francia, un edicto de  Colbert, ministro de Luis XIV, ordenó que los navíos de la Marina real transportasen gatos a bordo para luchar contra los roedores. A esto se sumó la desmitificación de todo aquello relacionado con la brujería que tuvo lugar durante el Siglo de las Luces.

Hacia 1885, la era de Pasteur contribuyó también a rehabilitar a este felino. Con el descubrimiento de que ciertas afecciones son causadas por seres infinitamente pequeños, los microbios, se desencadenó una fobia contra los animales, vectores potenciales de enfermedades. Pero el gato, que pasa horas enteras ocupándose de su aseo, se convirtió en el símbolo de la limpieza y en el animal más exento de riesgo de contaminación. Comenzó entonces para él un período de gloria. Escultores, pintores, cuentistas, fabulistas, filósofos, poetas y escritores representaron al gato, que además, era a veces el compañero de su soledad.

El gato puede ser a la vez símbolo benéfico y maléfico. El arte ilustra los diferentes períodos atravesados por este felino y da testimonio de la riqueza de la visión que el hombre ha tenido de él.

www.mistico.com  (2008)

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